OJOS DE MUJER: LOUISE CATHERINE BRESLAU, LA CAZA ATMÓSFERAS

A contraluz ( Cuadro de L.C. Breslau, 1888)

Representa por primera vez en la pintura, sin tapujos, la relación entre dos mujeres. L-C. Breslau y su pareja Madeleine Zilldarht

Louise Catherine Breslau no pintaba cuerpos, pintaba la atmósfera invisible que respira entre los seres. Nacida en Alemania, criada en Suiza y marcada por una salud frágil que la empujó al recogimiento, encontró en el dibujo un refugio que pronto se transformó en su lenguaje absoluto.

Habitó con rotundidad el último tercio  del siglo XIX , llegando al  París efervescente de la Belle Époque y se matriculó en la Académie Julian, uno de los pocos espacios que permitía a las mujeres formarse profesionalmente. Allí, en un ecosistema artístico construido por y para hombres, no se conformó con ser una mera aficionada. Se midió de igual a igual con su brillante compañera y rival Marie Bashkirtseff, y respiró el mismo aire creativo de titanes como Edgar Degas —quien admiró profundamente su trazo—, Édouard Manet y Mary Cassatt.

En ese escenario, Louise no solo se hizo un hueco, sino que triunfóde manera rotunda, derribando puertas a golpe de talento. No fue una creadora en los márgenes: el jurado y el público se rindieron ante ella. Fue galardonada con la Medalla de Oro en las Exposiciones Universales de París de 1889 y 1900, y en 1901 hizo historia al convertirse en la tercera mujer (y la primera extranjera) en recibir la prestigiosa Legión de Honor francesa. En sus obras hay una precisión técnica impecable, pero también una rebeldía silenciosa: allí donde otros buscaban el artificio heroico, Louise eligió la verdad de la cotidianeidad. Sus lienzos reclaman que justo ahí, donde empieza la mirada, comienza también la dignidad del sujeto retratado.

Pero para comprender el verdadero pulso de su vida y de su pincel, hay que mirar hacia Madeleine Zillhardt. Se conocieron entre los caballetes de la academia y entrelazaron sus destinos durante más de cuarenta años. Madeleine no fue una simple acompañante; fue su musa inagotable, su refugio, su apoyo logístico y afectivo en una época que no tenía nombre para su amor. Juntas construyeron una vida al margen de las convenciones patriarcales. En los retratos que Louise hizo de Madeleine no existe la pose calculada ni el cuerpo cosificado de la tradición; lo que vemos es una mujer que mira a quien la ama con la misma intensidad. Es un diálogo mudo y equitativo, el testimonio transparente de una intimidad compartida que convertía la alianza femenina en un acto de resistencia y en un hogar.

Fue Madeleine, tras la muerte de la artista, quien dedicó el resto de sus días a proteger su legado para evitar que la amnesia histórica la borrara. Reconocer hoy a Louise Catherine Breslau en Ojos de mujer es volver a trazar la ruta de una pionera asombrosa. Una creadora que conquistó la gloria de su época sin traicionar su voz interior, demostrándonos que la pintura hecha por mujeres es una forma profunda, subversiva y reveladora de habitar el mundo.

Pronto sabréis hasta que punto Breslau se ha convertido en una amiga con la que conversar donde empieza la mirada.

MUJERES QUE LEEN: MANUAL PARA MUJERES DE LA LIMPIEZA, LUCÍA BERLÍN

Hay una poesía áspera y bellísima en la forma en que Berlín retrata la injusticia social. Sus mujeres cargan con la dureza del día a día, sosteniendo su ruina mientras ordenan el caos de los demás.

Hay autoras que no se limitan a escribir sobre la vida, sino que la descosen y nos la entregan sobre la mesa los patrones. Lucia Berlín es una de ellas. Volver a las páginas de Manual para mujeres de la limpieza es asomarse a una ventana donde nuestra cotidianidad desgastada no oculta la realidad, sino que la revela.

En los relatos de Berlín, el trabajo precario deja de ser una sombra invisible para convertirse en un mirador privilegiado del alma urbana. Desde la penumbra de las lavanderías de barrio hasta el silencio helado de las casas acomodadas, la autora transforma el cansancio en una forma de clarividencia. No hay en su mirada victimismo ni artificio; hay una ironía afilada que raspa como el estropajo y una compasión tan sincera que ampara a sus personajes en medio del naufragio. Quien limpia las migas y los desatinos de la fiesta ajena aprende muy pronto a descifrar las grietas de la sociedad.

Su astucia luminosa se condensa en pasajes tan inolvidables como este:

«A las trabajadoras domésticas siempre les digo: nunca aceptéis un trabajo si os dicen que la casa ya está limpia y solo necesitan a alguien que ordene un poco. Huid. Y jamás trabajéis para una familia que tenga plantas de plástico; os harán limpiar el polvo hoja por hoja.»

Con ese pulso narrativo tan propio, suspendido entre la risa amarga y la herida, Lucia Berlín convierte la supervivencia en elegancia narrativa. Sus protagonistas no son sombras resignadas, sino observadoras lúcidas de la comedia humana, estrategas del instinto que descubren destellos de gracia entre el humo y los trayectos interminables de autobús.

En este rincón dedicado a las mujeres que leen a mujeres, traer de vuelta a Berlín es rendir tributo a quienes bailan con la realidad tal cual es: áspera, desigual, pero envuelta en un fulgor inconfundible.

Aunque suele leerse con la fluidez de una historia de vida, Manual para mujeres de la limpieza no es una novela, sino una antología de 43 relatos breves de corte autoficcional.

Edición

  • Edición original (EE. UU.): 2015 (A Manual for Cleaning Women). Fue una publicación póstuma seleccionada por Stephen Emerson y con prólogo de Lydia Davis que catapultó a Berlín al éxito internacional once años después de su muerte.
  • Edición en español: 2016 (publicada por la editorial Alfaguara con traducción de Eugenia Vázquez Nacarino).

Para las que estéis buscando ese libro  en este final del verano y levantar la cabeza del móvil, este Manual de mujeres de la limpieza de la escritora estadounidense Lucía Berlín es el adecuado.

Bailemos juntas con la fregona en la mano, mientras pensamos cómo cambiar todas las aguas sucias de este mundo.

 

 

CUERPO: EL PESO NO SE MIDE, SE HABITA

 

Nos gritan permanentemente que nuestro valor consiste en aprender a estar en el mundo en función de cuánto logremos encogernos.

El mandato de la levedad y el peso tatuado en la frente como una matrícula desde que somos niñas, es el principio del adiestramiento en el arte de la desaparición.

Ocupar poco espacio, cruzar las piernas, meter los codos, hablar bajito y, sobre todo, ser ligeras. ¿Os suena? La cultura visual y estética nos ha impuesto la tiranía de la ligereza, exigiéndonos que nos suspendamos en el aire como si existiéramos únicamente a través de una mirada ajena que evalúa nuestros volúmenes.

Esta violencia, sutil pero constante, nos desconecta de lo que somos o de quién realmente queremos ser. Nos enseña a observar nuestro propio templo desde fuera, tratándolo como un objeto estético que debe ser moldeado, en lugar de experimentarlo desde dentro como un sujeto vivo que siente, late y actúa. El cuerpo, bajo este prisma, se convierte en una resta perpetua, un adorno destinado a molestar lo menos posible. Sin embargo, nuestro cuerpo no fue diseñado para la ingravidez, sino para el arraigo.

El ancla científica: la física de estar presente.

Si apagamos el ruido del espejo y escuchamos la biología, la neurociencia nos devuelve la cordura. Para nuestro cerebro, el peso no tiene nada que ver con los kilos o las tallas. Nuestro sistema nervioso no lee básculas; lee el mundo a través de la propiocepción (el mapa tridimensional de dónde están nuestras partes en el espacio) y la interocepción (la percepción de nuestro estado interno).

En la fascia y, muy especialmente, en la planta de nuestros pies, habita una red densísima de mecanoceptores. Estos pequeños radares biológicos leen la gravedad a través de lo que la física llama la fuerza de reacción del suelo. Cuando vivimos bajo el estrés crónico o la ansiedad de no ser suficientes, nuestro cuerpo reacciona tensándose hacia arriba: elevamos los hombros, acortamos la respiración y desconectamos las piernas. Nos preparamos para huir. Investigaciones recientes en neurobiología somática demuestran que revertir este proceso y ceder conscientemente nuestra masa hacia la tierra envía una señal directa, de abajo hacia arriba, al nervio vago y al sistema nervioso parasimpático. Lejos de aplastarnos, sentir nuestra densidad reduce los niveles de cortisol. La gravedad es, literalmente, el abrazo de la tierra recordándole a la mente que estamos a salvo, que estamos sostenidas y presentes.

La reconfiguración poética: el peso tatuado en el alma.

Llevar el peso tatuado en el alma es entender nuestra masa corporal como la herramienta sagrada con la que nos adueñamos del espacio que habitamos. En la biomecánica de la danza —esa que da nombre a nuestro Otras que baileen— la ligereza vacía es una ilusión óptica. Ningún salto majestuoso, ningún giro vibrante nace en el aire por arte de magia. Todo movimiento expansivo requiere la acción voluntaria de doblar las rodillas y hundir el peso hacia la tierra para que esta, en pura correspondencia física, nos devuelva la energía en forma de impulso.

Tu peso no es una carga que arrastrar, es tu carta de presencia en el mundo. Es el fin de andar de puntillas, pidiendo perdón en cada paso por respirar y habitar tu entorno.  Apoyar la planta entera del pie es un acto político. Es reclamar tu territorio, aceptar tu contundencia y declarar tu existencia. El peso es el ancla que te permite, paradójicamente, bailar con mayor libertad, porque solo quien sabe dónde tiene su centro de gravedad puede arriesgarse a perder el equilibrio y recuperarlo.

Un pequeño ritual para la huella .

Te invito a cerrar esta lectura pasando del intelecto al cuerpo. Allí donde estés ahora, quítate los zapatos, ponte de pie. Separa las piernas al ancho de tus caderas.

Cierra los ojos un momento. Suelta la mandíbula, que suele cargar con las palabras que no decimos. Deja caer los hombros, soltando las expectativas ajenas que sostienes en la espalda. Desbloquea un poco las rodillas, que no estén rígidas. Ahora, lleva toda tu atención a la planta de tus pies.

Visualiza cómo tu densidad desciende por tus huesos y se entrega al suelo. Siente la textura bajo tu piel plantar. Nota cómo la tierra no cede, cómo te sostiene sin que tengas que hacer ningún esfuerzo para no caerte. Deja que el suelo cargue hoy con lo que tú no necesitas sostener. Respira desde esa raíz.

No viniste a este mundo a flotar para no incomodar, viniste a pisar firme. A dejar huella. A bailar tu  cuerpo como te dé la gana.

 

FRASES CELEBRADAS: TODOS ERRAMOS EN SEÑALAR EL LUGAR DE LA SANACIÓN PERSONAL (CLARISSA PINKOLA)

 

Clarissa Pinkola Estés (Gary, Indiana, EE.UU. 27 de enero de 1943) es doctora en psicología clínica y posdoctorada como analista junguiana, activista social y escritora. 

Autora de Mujeres que corren con lobos (1993).[

Todos hemos cometido el error de pensar que otra persona nos puede curar, emocionar o llenar. Se tarda mucho tiempo en averiguar que no es así, sobre todo porque proyectamos la herida fuera de nosotros en lugar de curarla dentro de nosotros.

OJOS DE MUJER: MARÍA CLAUSS Y SU MEMORIA

La mirada eterna de Maria Clauss: Retratar la memoria, la tierra y las personas

Las montañas del hombre (proyecto en curso) María Clauss.

Encuentros de alcoba. María Clauss

www.mariaclauss.com

María Clauss (Fotógrafa, 1969-2026)

Hay miradas que no se extinguen con el tiempo, sino que quedan suspendidas en el encuadre perfecto para seguir hablándonos de lo que fuimos, de lo que somos y de lo que no debemos olvidar.

En esta entrega de nuestra sección Ojos de mujer, rendimos tributo a la fotógrafa onubense Maria Clauss (1969–2026), cuya partida nos ha dejado un vacío profundo en el fotoperiodismo y la fotografía documental española.

Maria no solo fotografiaba: escuchaba con la cámara. Con una sensibilidad desprovista de artificios y profundamente humanista, convirtió su profesión en un acto de empatía, dándole rostro y dignidad a la memoria histórica, las luchas sociales y la vida cotidiana de Andalucía.

Retratar para recordar: Dignidad y memoria histórica

Entender el trabajo de Maria Clauss implica sumergirse en su compromiso con los derechos humanos y la memoria colectiva. A lo largo de su trayectoria, su lente fue un canal para dar visibilidad a causas a menudo postergadas o marginadas. Su labor documentando las investigaciones en fosas comunes y los relatos del olvido en Huelva demostró que la fotografía no busca solo estética, sino también justicia social y reparación moral.

En un ecosistema mediático marcando por la velocidad y el sensacionalismo, Maria apostó siempre por la pausa. Prefería entablar un vínculo directo con la persona retratada antes de presionar el disparador. Por eso, en sus imágenes no hay intrusión; hay intimidad, respeto y verdad.

Su última gran impronta: Misión Andalucía en el CAF

Entre los meses de febrero y mayo de 2026, el Centro Andaluz de la Fotografía (CAF) en Almería acogió la exposición colectiva Misión Andalucía, un ambicioso proyecto destinado a reinterpretar el paisaje y el territorio andaluz huyendo de la imagen superficial o de postal. Aquí es donde conocí a esta extraordinaria mirada que me cautivó.

Dentro de esta muestra colectiva, el trabajo de Maria Clauss destacó por su sello inconfundible: la presencia humana. Mientras otros enfoques se centraban exclusivamente en la geografía o las infraestructuras, Maria recordó que el territorio carece de alma sin sus habitantes. Sus 19 imágenes expuestas en Almería inmortalizaron a los pobladores, las labores tradicionales y los entornos rurales de Huelva, demostrando que el verdadero paisaje andaluz es su gente. Este legado se completó posteriormente en el Museo de Huelva con la muestra de homenaje Misión Andalucía. In memoriam, ampliando aquel recorrido visual con fotografías inéditas que sintetizan la maestría de su última etapa.

Una forma empática de habitar el mundo

¿Qué hacía tan singular la mirada de Maria Clauss? Quizá esa capacidad de colocarse al mismo nivel que su sujeto, usando la cámara no como una barrera, sino como un puente. En cada proyecto sobre diversidad, género o entorno rural, demostró que la mirada femenina en la fotografía es una fuerza transformadora, ética y profundamente generosa.

Maria Clauss nos deja un patrimonio visual de incalculable valor. Sus fotografías seguirán enseñándonos a mirar con detenimiento, a buscar la belleza en la cotidianidad y a defender la memoria con la luz.

ARTÍCULOS: JULIO 2026, UN MES TRÁGICO EN VIOLENCIA DE GÉNERO

 

“Si hay campañas contra los incendios y contra los accidentes de tráfico, por qué no se potencian las de prevención de la violencia machista”.

Susana Gisbert, fiscal especializada en violencia de género,

Lo afirman todos los medios de comunicación de bien y los estudiosos/as  y agentes de la sociedad que nos contiene: en verano aumenta un 30 % la violencia de género.

En tan solo 24 horas, el domingo 20 de julio de 2026 , se llevo por delante a cuatro mujeres en España.

Datos oficiales y víctimas mortales:
  • Total en lo que va de 2026: 31 mujeres muertas de manera oficial por violencia machista hasta el mes de julio.
  • Menores asesinados: 3 menores de edad han fallecido a causa de la violencia de género (violencia vicaria) en este periodo.
  • Huérfanos y huérfanas: La violencia machista ha dejado a 20 menores huérfanos en lo que va de año.

Acumulado histórico: 1.372 mujeres asesinadas desde que comenzaron los registros oficiales en el año 2003.

Dejo este enlace de un artículo de la Fundación General que constata el hecho, sin que por ahora aumenten las campañas de concienciación, como reclama  Susana Gisbert, fiscal especializada en violencia de género y tod@s nosotr@s con ella.

https://fundaciongeneraluclm.es/julio-un-mes-tragico-en-violencia-de-genero-el-drama-estructural-que-alcanza-su-pico-en-verano/

MUJERES QUE LEEN: MUJERES QUE CORREN CON LOS LOBOS (CLARISSA PINKOLA)

 

No es ningún misterio, tampoco es casual, que los lobos y los coyotes, los osos y las mujeres inconformistas tengan una fama parecida.

Así comienza el ensayo que tiene más de treinta años desde su publicación y siglos de sabiduría femenina acumulada. Sigue siendo un pilar del pensamiento feminista, imprescindible de diseccionar en los tiempos que corren, donde los cazadores de mujeres campan a sus anchas sin disimulo, sin esconder la escopeta bajo su chaqueta.

Su autora, Clarissa Pinkola Estés (doctora en psicología junguiana y cantadora o guardiana de historias), explora a través de mitos, cuentos de hadas y leyendas el arquetipo de la Mujer Salvaje (La Loba).

Que un ensayo denso de más de 700 páginas acumule decenas de ediciones y reimpresiones sin interrupción durante tres décadas , traducido a 35 idiomas, no es casualidad; es la prueba de que el aullido de ‘La Loba’ sigue siendo una urgencia vital para cada nueva generación de mujeres.

El núcleo del libro sostiene que dentro de toda mujer habita una fuerza natural llena de instintos primarios, creatividad, sabiduría ancestral y una pasión ilimitada. Sin embargo, la cultura, las exigencias sociales y los mandatos patriarcales han enjaulado esa naturaleza instintiva, intentando “domesticar” a la mujer y alejándola de su verdadera esencia.

Existen unos puntos clave del libro:

  • La recuperación de los instintos: Volver a escuchar la intuición, los ritmos propios, el cuerpo y los sueños. La mujer salvaje sabe cuándo confiar, cuándo retirarse y cuándo defender su territorio.
  • El valor de los cuentos: Pinkola Estés analiza relatos como Barba Azul (las zonas oscuras y los depredadores psíquicos), Vasalisa la Sabia (la intuición femenina) o El Patito Feo (la búsqueda del verdadero hogar y la pertenencia).
  • Ciclos de Vida-Muerte-Vida: La naturaleza femenina no es lineal, es cíclica. Para que nazca lo nuevo, hay que dejar morir lo que ya no sirve.
  • Creatividad y expresión: El arte, la danza, la escritura y la creación no son lujos, sino el alimento vital de la mujer para mantenerse conectada con su centro.

El libro está lleno de aseveraciones que se clavan en el alma de cualquier ser humano que la tenga medianamente limpia o en proceso de limpieza. Varios ejemplos:

  1. Sobre la naturaleza instintiva: “Ser fuerte no significa ejercitar los músculos. Significa encontrar lo que es propio de una sin huir.”
  2. Sobre la creatividad y la expresión: “Los animales no piden perdón por existir. Sencillamente ocupan el espacio que les corresponde. La creatividad es la capacidad de responder a todo lo que nos rodea.”
  3. Sobre la intuición: “La intuición es la puerta hacia el conocimiento del alma. Es el oído que escucha lo que la voz común no puede pronunciar.”
  4. Sobre la libertad y los límites: “Nuestra tarea es mantener intactos los límites, salvaguardar el alma y volver al hogar de nuestra propia naturaleza.”

“Bailar es la forma en que el cuerpo habla cuando las palabras no bastan. En la danza instintiva, la mujer salvaje recupera su ritmo original.”

Como conclusión, la danza, queridas salvajes, no solo nos interesa como movimiento físico y manera rápida de crear endorfinas, sino como la valentía de habitar nuestro propio cuerpo y nuestro espacio en el bosque. Soltarse el pelo, la ropa que nos oprime el cuerpo y movernos al son del tambor es el camino.

Recuperemos nuestro instinto para ser nosotras mismas, no los satélites del mundo donde, claramente el sol luce muy cómodo sin mover un rayo. Ya que sabemos girar, giremos para ser felices, para ser nosotras.

 

CUERPO: LA VERDAD OLFATIVA

 

«Hemos construido una cultura que le teme a la biología y desinfecta cualquier vestigio de humanidad. Desintoxicar el olfato es un acto de soberanía corporal.»

En las entradas anteriores de este espacio dedicado al Cuerpo —nuestro templo sensitivo,— hemos aprendido a escuchar la densidad del ruido, a calibrar el compás invisible de la respiración y a reconocer la frontera permeable de la piel.

En este mes de julio, cuando la canícula abre los poros del mundo y el calor abanica las moléculas suspendidas en el aire, propongo detenernos en el más atávico, misterioso e ingobernable de nuestros sentidos: el olfato.

La arquitectura invisible: la pituitaria

A diferencia del resto de nuestras ventanas al exterior, el olfato no entiende de diplomacia ni de filtros lógicos. Tiene una arquitectura neurobiológica fascinante en su desnudez.

Cuando inhalamos, miles de volátiles químicas flotan hacia el techo de nuestras fosas nasales, donde descansa un diminuto epitelio: la pituitaria amarilla. Allí, millones de neuronas receptoras capturan la materia del aire y convierten el mensaje químico en un impulso eléctrico.

Pero, lo verdaderamente revelador radica en su viaje hacia el cerebro:

  • La vista y el oído envían sus señales al tálamo, la aduana central de la mente donde la información se clasifica, se procesa y se analiza de forma consciente.
  • El olor, en cambio, se salta cualquier peaje analítico. La vía olfativa conecta de manera directa con el sistema límbico, la cuna más primitiva de nuestra arquitectura cerebral. Conecta sin intermediarios con la amígdala —la guardiana de las emociones— y con el hipocampo —el archivo donde se revelan, como fotografías antiguas, los recuerdos más profundos.

El olfato es un atajo directo hacia nuestro inconsciente. Oler no es un acto de interpretación intelectual, es una sacudida biológica inmediata.

Por eso un aroma no nos describe un recuerdo: nos sitúa dentro de él. Nos devuelve sin preaviso a la cocina de la infancia, a un campo de maíz en verano que vive en nosotros desde los diez años. El olor, en fin, es nuestro compás más certero a la hora de decidir. Nos atrae o nos expulsa antes de que la razón pueda articular una sola palabra. Decidimos a quién amar, a quién tocar, de qué lugar huir o en qué espacio echar raíces guiados por esa brújula invisible de la química olfativa. También esa química nos habla del desamor. Si un día, al oler a tu pareja ya no quieres pegarte a él en ningún momento del día: entonces…piensa.

El artificio del «sello personal»

Las mujeres hemos sido educadas en la idea de que debemos poseer un «olor firma». Nos han enseñado a buscar en los estantes de una perfumería un frasco curiosamente idéntico al de miles de personas para convertirlo en nuestro sello distintivo, en una tarjeta de presentación olfativa.

Sin embargo, cabe preguntarse: ¿es esa fragancia envasada una verdadera expresión de nuestro ser, o es más bien una máscara?

Al empeñarnos en rubricar nuestra presencia con fórmulas sintéticas prefabricadas, cubrimos el lenguaje espontáneo de nuestra piel. Un perfume industrial no habla de quiénes somos, habla de lo que el mercado ha decidido que debemos oler para resultar aceptables, deseables o estables, incluso habla de nuestro estatus.

Del camuflaje histórico al espejismo del «sello personal»

Conviene recordar que esta pulsión por sepultar el olor de la piel no siempre fue un capricho estético, sino una estrategia de supervivencia. Durante siglos, en las ciudades donde las aguas residuales corrían a cielo abierto y la higiene era una quimera rodeada de prejuicios, el perfume nació como una armadura contra la pestilencia.

En las cortes del Renacimiento o en el barroco de Versalles,  las aguas  y los guantes perfumados no buscaban la elegancia: buscaban camuflar la podredumbre del entorno, defenderse del «aire infecto» de las epidemias y tapar la suciedad que las aguas estancadas no podían lavar. El perfume era un velo piadoso sobre la inmundicia.

Pero con el paso de los años, pocos, diría yo, la paradoja actual con respecto a qué debemos oler en el mundo occidental se ha convertido en aplastante. Hoy, cuando disponemos de agua corriente, saneamiento y una higiene consciente que nuestros antepasados no tan lejanos jamás soñaron, seguimos actuando bajo el mismo reflejo atávico. Ya no nos perfumamos para tapar las aguas sucias de la calle, sino que nos empeñamos en ponernos una «identidad envasada», una firma comercial comprada en un mostrador para ocultar… ¿qué exactamente?

Por tanto, desde mi camino de toma consciencia de mi cuerpo de estos últimos seis años, entiendo que es el momento de desandar el camino del tóxico en todos los sentidos, hoy el del olfato. Si ya hemos limpiado las calles y el agua, va siendo hora de liberar la memoria de nuestra piel y dejar de tratar nuestro aroma natural como algo que deba ser corregido o sofocado.

La marea sintética y el arte de la desintoxicación

Vivimos sumergidas en un tsunami de química cotidiana. En los últimos cincuenta años los suavizantes industriales con promesas de «frescor primaveral» durante tres semanas, detergentes invasivos, desodorantes que clausuran los poros y bloquean la sudoración natural, cremas saturadas de fijadores artificiales, ambientadores para cada rincón de nuestra vida que huelen a fresa de plástico… todo este conjunto resulta agotador para nuestra pituitaria y en consecuencia para nuestro cerebro, para nuestra manera de habitar nuestro espacio, nuestro mundo y lo que somos capaces de brindar a los demás como reflejo de lo que somos.

Hemos construido una cultura que le teme a la biología, una sociedad anestesiada que desinfecta y neutraliza cualquier vestigio de humanidad.

Y esta saturación no nos suma, nos empobrece; nos aliena de lo que podríamos llamar nuestra verdad olfativa.

Atrévete a oler la verdad

Por tanto, desintoxicar el olfato es un acto de soberanía corporal. Exige el atrevimiento de retirar las capas de artificio para volver a habitar nuestro aroma real y el del mundo que nos rodea. Este acto nos devolverá al goce del olor de la fruta o de las plantas como perfumes que comulguen naturalmente con nuestro templo material y vibremos juntos como parte de la naturaleza.

  • Purgar los receptores: Cuando alejamos los perfumes sintéticos de nuestra rutina, la mucosa nasal recupera su sensibilidad perdida. El aire vuelve a tener matices, el agua tiene olor, la tierra húmeda recupera su densidad y la comida vuelve a saber con la intensidad de la infancia. Todo ello necesitará de una nariz sana y una respiración cuidada, ya hablamos de esto en una entrada anterior de esta sección Cuerpo.
  • Abrazar la alquimia de la piel: El sudor limpio no es un fallo del sistema; es agua, sales y feromonas narrando la historia de nuestro metabolismo, de nuestro estado de ánimo, de nuestra salud y de nuestro deseo. La piel tiene un olor propio e irrepetible que cambia con el ciclo hormonal, con la alimentación y con las emociones.
  • Aprender la escucha visceral: Al recuperar la verdad olfativa, volvemos a afinar el instinto, seríamos  incluso capaces  de oler la enfermedad o volveríamos a percibir la compatibilidad auténtica con los cuerpos que nos rodean, a reconocer el peligro donde lo hay y a buscar el cobijo de los aromas orgánicos que nos calman de verdad.

Despojarnos de la armadura química no significa descuidar el cuerpo, sino todo lo contrario: implica honrar su química sagrada.

Por tanto, concluyo invitándote a que, en este verano tórrido, cuando el sol apriete, desnudes de aromas impuestos tu cuerpo y te permitas que la piel respire su propia historia, que te apetezca seguir caminando envuelta en tu autenticidad más profunda, esa que también se huele.

 

FRASES CELEBRADAS: LA PREGUNTA NO ES QUIÉN ME VA A DEJAR, ES QUIÉN ME VA A DETENER (AYN RAND)

“La pregunta no es quién me va a dejar; es quién me va a detener.” — Ayn Rand

Alisa Zinóvievna Rosenbaum (San Petersburgo, 2 de febrero de 1905-Nueva York, 6 de marzo de 1982), conocida como Ayn Rand, fue una filósofa y escritora rusa, nacionalizada estadounidense. Autora de las novelas como El manantial y la rebelión de Atlas, desarrolló un sistema filosófico conocido como «objetivismo».