«Hemos construido una cultura que le teme a la biología y desinfecta cualquier vestigio de humanidad. Desintoxicar el olfato es un acto de soberanía corporal.»
En las entradas anteriores de este espacio dedicado al Cuerpo —nuestro templo sensitivo,— hemos aprendido a escuchar la densidad del ruido, a calibrar el compás invisible de la respiración y a reconocer la frontera permeable de la piel.
En este mes de julio, cuando la canícula abre los poros del mundo y el calor abanica las moléculas suspendidas en el aire, propongo detenernos en el más atávico, misterioso e ingobernable de nuestros sentidos: el olfato.
La arquitectura invisible: la pituitaria
A diferencia del resto de nuestras ventanas al exterior, el olfato no entiende de diplomacia ni de filtros lógicos. Tiene una arquitectura neurobiológica fascinante en su desnudez.
Cuando inhalamos, miles de volátiles químicas flotan hacia el techo de nuestras fosas nasales, donde descansa un diminuto epitelio: la pituitaria amarilla. Allí, millones de neuronas receptoras capturan la materia del aire y convierten el mensaje químico en un impulso eléctrico.
Pero, lo verdaderamente revelador radica en su viaje hacia el cerebro:
- La vista y el oído envían sus señales al tálamo, la aduana central de la mente donde la información se clasifica, se procesa y se analiza de forma consciente.
- El olor, en cambio, se salta cualquier peaje analítico. La vía olfativa conecta de manera directa con el sistema límbico, la cuna más primitiva de nuestra arquitectura cerebral. Conecta sin intermediarios con la amígdala —la guardiana de las emociones— y con el hipocampo —el archivo donde se revelan, como fotografías antiguas, los recuerdos más profundos.
El olfato es un atajo directo hacia nuestro inconsciente. Oler no es un acto de interpretación intelectual, es una sacudida biológica inmediata.
Por eso un aroma no nos describe un recuerdo: nos sitúa dentro de él. Nos devuelve sin preaviso a la cocina de la infancia, a un campo de maíz en verano que vive en nosotros desde los diez años. El olor, en fin, es nuestro compás más certero a la hora de decidir. Nos atrae o nos expulsa antes de que la razón pueda articular una sola palabra. Decidimos a quién amar, a quién tocar, de qué lugar huir o en qué espacio echar raíces guiados por esa brújula invisible de la química olfativa. También esa química nos habla del desamor. Si un día, al oler a tu pareja ya no quieres pegarte a él en ningún momento del día: entonces…piensa.
El artificio del «sello personal»
Las mujeres hemos sido educadas en la idea de que debemos poseer un «olor firma». Nos han enseñado a buscar en los estantes de una perfumería un frasco curiosamente idéntico al de miles de personas para convertirlo en nuestro sello distintivo, en una tarjeta de presentación olfativa.
Sin embargo, cabe preguntarse: ¿es esa fragancia envasada una verdadera expresión de nuestro ser, o es más bien una máscara?
Al empeñarnos en rubricar nuestra presencia con fórmulas sintéticas prefabricadas, cubrimos el lenguaje espontáneo de nuestra piel. Un perfume industrial no habla de quiénes somos, habla de lo que el mercado ha decidido que debemos oler para resultar aceptables, deseables o estables, incluso habla de nuestro estatus.
Del camuflaje histórico al espejismo del «sello personal»
Conviene recordar que esta pulsión por sepultar el olor de la piel no siempre fue un capricho estético, sino una estrategia de supervivencia. Durante siglos, en las ciudades donde las aguas residuales corrían a cielo abierto y la higiene era una quimera rodeada de prejuicios, el perfume nació como una armadura contra la pestilencia.
En las cortes del Renacimiento o en el barroco de Versalles, las aguas y los guantes perfumados no buscaban la elegancia: buscaban camuflar la podredumbre del entorno, defenderse del «aire infecto» de las epidemias y tapar la suciedad que las aguas estancadas no podían lavar. El perfume era un velo piadoso sobre la inmundicia.
Pero con el paso de los años, pocos, diría yo, la paradoja actual con respecto a qué debemos oler en el mundo occidental se ha convertido en aplastante. Hoy, cuando disponemos de agua corriente, saneamiento y una higiene consciente que nuestros antepasados no tan lejanos jamás soñaron, seguimos actuando bajo el mismo reflejo atávico. Ya no nos perfumamos para tapar las aguas sucias de la calle, sino que nos empeñamos en ponernos una «identidad envasada», una firma comercial comprada en un mostrador para ocultar… ¿qué exactamente?
Por tanto, desde mi camino de toma consciencia de mi cuerpo de estos últimos seis años, entiendo que es el momento de desandar el camino del tóxico en todos los sentidos, hoy el del olfato. Si ya hemos limpiado las calles y el agua, va siendo hora de liberar la memoria de nuestra piel y dejar de tratar nuestro aroma natural como algo que deba ser corregido o sofocado.
La marea sintética y el arte de la desintoxicación
Vivimos sumergidas en un tsunami de química cotidiana. En los últimos cincuenta años los suavizantes industriales con promesas de «frescor primaveral» durante tres semanas, detergentes invasivos, desodorantes que clausuran los poros y bloquean la sudoración natural, cremas saturadas de fijadores artificiales, ambientadores para cada rincón de nuestra vida que huelen a fresa de plástico… todo este conjunto resulta agotador para nuestra pituitaria y en consecuencia para nuestro cerebro, para nuestra manera de habitar nuestro espacio, nuestro mundo y lo que somos capaces de brindar a los demás como reflejo de lo que somos.
Hemos construido una cultura que le teme a la biología, una sociedad anestesiada que desinfecta y neutraliza cualquier vestigio de humanidad.
Y esta saturación no nos suma, nos empobrece; nos aliena de lo que podríamos llamar nuestra verdad olfativa.
Atrévete a oler la verdad
Por tanto, desintoxicar el olfato es un acto de soberanía corporal. Exige el atrevimiento de retirar las capas de artificio para volver a habitar nuestro aroma real y el del mundo que nos rodea. Este acto nos devolverá al goce del olor de la fruta o de las plantas como perfumes que comulguen naturalmente con nuestro templo material y vibremos juntos como parte de la naturaleza.
- Purgar los receptores: Cuando alejamos los perfumes sintéticos de nuestra rutina, la mucosa nasal recupera su sensibilidad perdida. El aire vuelve a tener matices, el agua tiene olor, la tierra húmeda recupera su densidad y la comida vuelve a saber con la intensidad de la infancia. Todo ello necesitará de una nariz sana y una respiración cuidada, ya hablamos de esto en una entrada anterior de esta sección Cuerpo.
- Abrazar la alquimia de la piel: El sudor limpio no es un fallo del sistema; es agua, sales y feromonas narrando la historia de nuestro metabolismo, de nuestro estado de ánimo, de nuestra salud y de nuestro deseo. La piel tiene un olor propio e irrepetible que cambia con el ciclo hormonal, con la alimentación y con las emociones.
- Aprender la escucha visceral: Al recuperar la verdad olfativa, volvemos a afinar el instinto, seríamos incluso capaces de oler la enfermedad o volveríamos a percibir la compatibilidad auténtica con los cuerpos que nos rodean, a reconocer el peligro donde lo hay y a buscar el cobijo de los aromas orgánicos que nos calman de verdad.
Despojarnos de la armadura química no significa descuidar el cuerpo, sino todo lo contrario: implica honrar su química sagrada.
Por tanto, concluyo invitándote a que, en este verano tórrido, cuando el sol apriete, desnudes de aromas impuestos tu cuerpo y te permitas que la piel respire su propia historia, que te apetezca seguir caminando envuelta en tu autenticidad más profunda, esa que también se huele.
