MUJERES QUE LEEN: EL DESCONTENTO (BEATRIZ SERRANO)

EL DESCONTENTO

Premio Time Out a la Mejor Obra

Beatriz Serrano

Ediciones Temas de Hoy, 2024

el descontento-beatriz serrano-9788499989860

El descontento es la historia de Marisa, una mujer en la treintena que vive anestesiada mediante orfidales y vídeos de Youtube para soportar las rutinas y pesares de su día a día en una agencia de publicidad. Tan solo acude presencialmente a la oficina para ahorrar dinero en aire acondicionado durante el sofocante agosto madrileño. Marisa odia el trabajo. Sin embargo, no puede dejarlo: le gustan demasiado las cosas bonitas.

La semana previa a un team building organizado por su empresa, la ansiedad de Marisa se dispara; compartir un fin de semana entero con sus compañeros le resulta insufrible.

El argumento, por tanto, gira alrededor del gran problema que tienen las generaciones de españoles/as que están intentando posicionarse laboralmente en el mundo y como la precariedad está haciendo mella en el estado de ánimo depresivo con que se enfrentan a su día a día y al que no les ven futuro para crecer en todos los sentidos. Cómo estamos viviendo tiempos de regresión en derechos básicos, que se comen descaradamente la supuesta sociedad del bienestar y no hacemos nada, no salimos a la calle a parar el tráfico, mientras la clase dirigente vive en su pompa, como esos tres monitos que no quieren ni ver ni oír ni hablar, mientras ellos tengan sus plátanos. Es espeluznante pensar a dónde vamos. Yo escucho la orquesta tocar en este salón de baile a punto de hundirse, mientras el hielo del iceberg nos acecha apenas asomemos la cabeza.

Un fragmento:

El Museo del Prado es mi lugar preferido de Madrid junto con el Carrefour 24 horas de Quevedo. Los dos lugares son amplios, limpios, ordenados y tienen aire acondicionado. Por separado, son dos lugares que tienen todo lo que le puedo pedir a la vida: uno de ellos me alimenta el cuerpo, el otro nutre mi alma.

Cuando tenía dieciocho años y comencé a estudiar Historia del Arte, mi sueño era trabajar en el Museo del Prado, porque imaginaba que nada malo te podía suceder si vivías rodeado de cosas bellas. En 2006, con mi título bajo el brazo y en una España que parecía que nunca se iba a romper, un creativo alocado al que conocí en una discoteca decidió darme una oportunidad para entrar a trabajar en su agencia de publicidad, porque aquellas eran las chaladuras que los creativos alocados hacían por aquel entonces en sus agencias de publicidad después de desayunar un tazón de cocaína. La moda, cuando había dinero, era meter como becarios a licenciados en publicidad y luego coger a un par de personas de perfiles distintos, sin experiencia en aquel mundillo, para aportar «frescura», «nuevas ideas» y «visiones dispares». En esa ronda de becarios entramos dos estudiantes de publicidad, un músico taciturno que dejó el trabajo a la semana de empezar y yo.

 

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *