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Sección dedicada a analizar nuestro cuerpo en comunión con la emoción.

CUERPO: LA PIEL, NUETRO MAPA DEL TESORO

 

Primer plano de piel con escalofríos fotos de archivo libres de regalías

Nuestra piel y el mar… o el misterio de la felicidad.

Hay mapas que no se despliegan sobre una mesa, sino que nos envuelven, respiran y cambian con nosotras. A menudo pensamos en nuestra piel como una simple frontera, la envoltura que nos separa del mundo o el lienzo que intentamos mantener liso frente al paso del tiempo. Pero la piel es mucho más que eso: es el territorio donde dejamos constancia de que estamos vivas. Es la cartografía de nuestra historia emocional.

Para entender esto, no hace falta recurrir a la magia, sino a la biología más pura. En nuestros primeros días de gestación, cuando apenas  somos un proyecto de vida en el vientre materno, el sistema nervioso y la piel nacen exactamente de la misma capa de células: el ectodermo. Esto significa que, desde nuestro origen, cerebro y epidermis son hermanos gemelos. La piel no es solo el borde de tu cuerpo; es tu cerebro vuelto hacia afuera, tu mente haciéndose caricia o coraza.

Las coordenadas del gozo

Piensa en esa luz inexplicable que irradia tu rostro cuando te dan una buena noticia, en el rubor de la ilusión o en la electricidad que te recorre cuando la música empieza a sonar y el cuerpo te pide moverte. No es casualidad.

Debajo de nuestra superficie habitan las fibras C-táctiles, unos receptores nerviosos fascinantes que no están diseñados para decirnos si algo es áspero o liso, sino para leer el amor. Solo se activan con el roce suave, a la velocidad exacta de una caricia, enviando un mensaje directo a las áreas emocionales del cerebro para liberar oxitocina.

Cuando la piel celebra, los capilares se expanden y la sangre fluye, llenándonos de ese “brillo” característico de la alegría. Y esa famosa “piel de gallina” que sientes ante un acorde de música o un recuerdo hermoso, rara vez es frío: es, literalmente, el aplauso de tus neuronas reverberando en la superficie.

Las grietas del relieve: el eco de lo que callamos

Pero todo mapa tiene también sus accidentes geográficos, sus zonas áridas y sus grietas. ¿Qué pasa con las frustraciones, el estrés crónico o el dolor callado que no logramos sacar afuera? Lo que la boca calla y el cuerpo no baila, la piel lo escribe.

Cuando nos sentimos superadas, el cerebro enciende el llamado eje cerebro-piel, inundando nuestro torrente sanguíneo de cortisol y adrenalina. Este estado de alerta constante rompe nuestra barrera cutánea, frena la producción de colágeno y despierta a las células inflamatorias.

De pronto, aparece una rojez inexplicable, un brote de dermatitis, un acné rebelde o una sequedad profunda. No es que tu piel te esté traicionando; es un volcán subterráneo buscando una salida. Es el sistema inmune de tu piel intentando defenderte de un conflicto emocional que aún no has podido gestionar. Tu piel se convierte en el altavoz de tu estrés.

Cambiar el rumbo: El movimiento que borra los mapas rotos

Y aquí es donde entra nuestra brújula favorita y la razón de ser de Otras que bailen: el movimiento.

Si la piel es un mapa de nuestras emociones, el baile es la manera de redibujar sus fronteras. Al movernos, activamos la interocepción —nuestra capacidad de sentir el cuerpo por dentro—. Con cada paso, cada estiramiento y cada ritmo, ayudamos a reducir los niveles de cortisol anclados en nuestra sangre. La microcirculación se reactiva, el oxígeno vuelve a llegar a cada célula y la tensión acumulada en la fascia y en la epidermis comienza a disolverse.

Bailar es, de alguna manera poética y científica, estirar las arrugas del alma. Cada movimiento es una línea nueva que trazamos en nuestro mapa, alejándonos de la rigidez de la frustración para volver a habitar el placer del presente.

Te invito a que hoy te mires al espejo de otra manera. Observa tus marcas, tus líneas de expresión, la textura de tu geografía personal. No busques “imperfecciones” que corregir, sino las rutas de un tesoro inmenso, tu mapa del tesoro, irrepetible. Cuida tu piel no por vanidad, sino para acariciar tu sistema nervioso. Y, sobre todo, no dejes que la frustración se quede atrapada bajo ella: ponle música, sacúdela y que salga a vibrar, a captar la luz del universo.

CUERPO: APRENDER A RESPIRAR

No podemos vivir en apnea, tampoco podemos pretender pasar por la existencia respirando de forma acelerada, así no se vive, se malvive. Venimos a este mundo a través de una gran inhalación y saldremos con una exhalación. En medio de esas dos no podremos dejar de respirar. Tomar conciencia del efecto que produce una buena respiración en nuestro cuerpo y en nuestro espíritu es la llave que abre el jardín del bienestar, del encuentro con uno mismo y nuestra sonrisa profunda.

Y por absurdo que parezca todo ello pasa por aprender a respirar. Comenzar de manera disciplinada a profundizar en el equilibrio cuerpo-mente a través del yoga y la meditación han sido mis herramientas. Pero hay gente que no quiere oír ni hablar de estas disciplinas a las que les atribuye una connotación religiosa o espiritual que no están dispuestos a transitar. No es imprescindible estar interesado en lo trascendente para acercarse al movimiento consciente que te enseña a disfrutar el presente, que te ayuda a vivir sin tanta prisa y anticipación al desastre y que se basa en respirar bien. Cada cual extrae una experiencia personal, eso es lo interesante de la individualidad. Pero negarse a aprender a acompasar la respiración es absurdo porque simplemente funciona. La ansiedad crónica en la que vivimos y que hemos normalizado, esa prisa que aplicamos a todo, al ocio también, intentando rentabilizarlo ,es demencial.

Casi cumplido el primer tercio del siglo XXI creemos en el poder de una pastilla para quitar el dolor de cabeza, pero hay una parte de la sociedad que se autodenominan racionales y que no están dispuestos a creer en la respiración consciente.

Para mí esa actitud es miedo, no querer explorarse, querer descubrir otras versiones de sí mismos. Vamos a intentar aportarles algo desde aquí.

La técnica. Por pueril que suene respirar bien consiste en usar nuestros órganos adecuadamente. La nariz es para respirar, para filtrar todas las impurezas y servir de canal hasta nuestros pulmones. La boca es para besar, cantar, articular el lenguaje o comer, usarla para respirar y dejar la nariz solo para los mocos, el cerebro lo entiende como un estado de alarma y así lo transmite al sistema nervioso y por ende al resto del cuerpo. Por tanto, aprender a usar la nariz es la primera asignatura pendiente para mucha gente.

Aprender mediante la respiración cuadrada y practicarla a diario es algo que debería enseñarse en el parvulario y en la primera entrevista con el departamento de personal de tu nuevo trabajo. Y es tan sencillo como sentarse o tumbarse, cerrar los ojos e inhalar por la nariz en tantos tiempos como dejes el aire dentro, luego exhales y por último permanezcas en vacío con una cuenta mental. Es decir, si cuento cuatro segundos para inhalar, contaré cuatro segundos para guardar el aire, luego otros cuatro para exhalar y otros cuatro para retener mis pulmones en vacío para volver a empezar. Puedo subir los tiempos hasta donde me permita la práctica sin ahogarme, que no suele ser más de diez segundos. Por eso se llama cuadrada, porque las cuatro partes de una respiración completa serían las cuatro líneas que forman un cuadrado. Creerlo y ponerlo en práctica está en tu mano.

El diafragma como frontera emocional. El diafragma no es solo un músculo respiratorio. Es una especie de bisagra entre cuerpo, emoción y pensamiento. Cuando se bloquea, muchas veces también se rigidiza la percepción. Y la creatividad necesita justamente lo contrario: amplitud, circulación, flexibilidad interna. El diafragma separa físicamente tórax y abdomen, pero simbólicamente también funciona como frontera entre lo racional y lo instintivo.

Cuando alguien vive en tensión:

  • respira alto y rápido
  • mantiene el abdomen contraído
  • reduce el movimiento diafragmático.

Eso produce un estado de vigilancia continua. El cerebro interpreta que no hay seguridad. Y un cerebro en alerta no crea: sobrevive.

La creatividad aparece más fácilmente cuando el sistema nervioso percibe espacio y calma. Respirar profundamente no “inspira ideas” de manera mágica, pero sí crea las condiciones biológicas para que aparezcan.

El diafragma trabaja en un movimiento constante de expansión y recogimiento. Como las mareas. Como la escritura. Como cualquier proceso creativo real.

De manera que inspirar significa:

  • abrir
  • recibir
  • dejar entrar.

Espirar significa:

  • soltar
  • vaciar
  • ordenar.

Por lo que se puede afirmar que una respiración rígida suele acompañar a una imaginación rígida y a una personalidad rígida que muchos confunden con racional.

Respirar cambia el estado perceptivo. Puedes creerlo y empezarlo a experimentar o ignorar esta idea y seguir sobreviviendo. Yo defiendo que merece la pena intentarlo. Lo he experimentado en operaciones quirúrgicas en las entré al quirófano, gracias a mi respiración cuadra, en estado casi de meditación en lugar de en estado de alarma plena. ¿Qué tienes que perder? Quizá solo esa cara de velocidad que no te lleva a ninguna parte. Tú eliges.

Mar de los Ríos

UNA CIERTA CALMA

Hay días en los que el ruido no es un fondo sobre el que transitar, es una invasión vital, un tronco cruzado en nuestro camino que no se sabe cómo sortear sin entrar en conflicto.

Un coche con la música alta en un semáforo, una moto que da gas sin necesitarlo, un vecino que convierte mi tarde en su banda sonora privada, una lavadora centrifugando a las once de la noche, la tele, el extractor… la pareja de al lado hablando por el móvil, generalmente por videollamada a la hora de la cerveza en una terraza o la música con intensidad discoteca en cualquier sombrilla de playa de nuestro litoral.

Es esta sociedad del bienestar en la que se supone que convivimos, la inmersión sonora se ha normalizado como una especie de mar sucio en el que nadamos todos y en el que solo parece quedar el recurso del sálvese quien pueda. De nada parece servir que la tecnología de 2026 permita que cada cual se administre en mucho sus ruidos, teniendo en cuenta la mínima intoxicación sonora que esparce al medioambiente como si de residuos hablásemos, porque lo son.

Y hay días en los que el cuerpo simplemente no lo sostiene. El ruido no se queda fuera, entra en nuestro templo físico y psíquico dando muestras palpables: tensión en la mandíbula, contracturas musculares, irritación sostenida que se convierte en cansancio crónico e imposibilidad para dormir, el más famoso de todos. En definitiva, la molestia auditiva es algo profundo que dispara al individuo a una situación de alerta sin haberlo decidido, sacándonos de nuestro pretendido equilibrio y propiciando el caldo de cultivo del enfrentamiento o incluso de la agresión.  Porque es una colonización del espacio compartido.

Y, sin embargo, lo hemos normalizado. Por más normativa que exista al respecto en todos los municipios de este país (nos circunscribiremos a nuestro territorio) para reglar el ruido en los casos más flagrantes, actualmente es un fenómeno a estudiar con el loable objetivo de revertirlo, porque simplemente es posible y nos beneficiaría al monto social en cuanto a conseguir un ambiente más relajado en el que respetarnos y entendernos. ¿Podríamos decir que el objetivo político sobre mejorar la contaminación acústica contribuiría a una sociedad más equilibrada? Desde mi perspectiva la respuesta es rotunda: Sí, por supuesto.

No en vano, la Unión Europa en la última década ha entendido y concedido ayudas en consecuencia para aislar las viviendas españolas desde el punto de vista energético y acústico en cuanto a remodelaciones concretas en los inmuebles. Existen subvenciones para mejorar la carpintería exterior, así como los paramentos con materiales de última generación que redundan en una calidad superior en la habitabilidad. Pero eso solo sería una solución a parte del problema.

Yo me refiero a que vivimos en un entorno donde el volumen alto no se cuestiona, donde parece que todo tiene que sonar más de lo necesario. No hay una educación real sobre el silencio, ni sobre el impacto que tiene el ruido en el bienestar propio y en el ajeno. Se asume que es parte del paisaje, que hay que adaptarse. Y quien no lo hace es el que se pierde señalando a los ocasionales o reincidentes que podrían mejorar su vertido acústico sin apenas esfuerzo.

Porque no todo el mundo lo vive igual. Y aquí aparece algo que me interesa observar sin simplificar: quién ocupa el espacio sonoro y quién se adapta a él. A muchas mujeres se nos ha educado —de forma más o menos explícita— en no molestar, en no hacer ruido, en no incomodar, en bajar el volumen, también en el sentido literal.

Mientras tanto, sigue siendo bastante común ver cómo otros invaden ese espacio sin importarle lo más mínimo el conciudadano. Subir la música en un coche, en una casa, en un entorno compartido, en un espacio de ocio como si el efecto fuera neutro representa el quid de la cuestión.

No se trata de señalar ni de entrar en una guerra de costumbres. Se trata de reconocer que el ruido también es una forma de presencia. Una forma de imponer un ritmo, un estado de ánimo, una energía que no es inocua.

Y es que, en mi caso, cada vez lo tengo más claro: necesito bajar el volumen. Y no como gesto radical ni como norma para otros, sino como una forma de cuidado. Elegir espacios más silenciosos y demandarlos sin desgaste o señalamiento sería el objetivo. Darle al cuerpo la posibilidad de no estar reaccionando constantemente. Porque cuando el ruido baja, pasan cosas. Eso lo sabemos todas las que trabajamos desde hace un tiempo considerable en técnicas de paz mental y bienestar como son el yoga o la meditación, las cuales persiguen esa especie de estanque dorado al atardecer en el que mojarse los pies y sonreír. Entonces es cuando la respiración cambia, el pensamiento se aquieta, el cuerpo deja de defenderse apareciendo algo esencial: una cierta calma.No se trata de eliminar el ruido —eso sería imposible—, sino de empezar a mirarlo de otra manera. De preguntarnos qué espacio ocupa en nuestra vida y qué espacio queremos darle.

Y, sobre todo, de escuchar algo que queda por debajo de todo eso:

El propio cuerpo.

MAR DE LOS RÍOS