UNA CIERTA CALMA

Hay días en los que el ruido no es un fondo sobre el que transitar, es una invasión vital, un tronco cruzado en nuestro camino que no se sabe cómo sortear sin entrar en conflicto.

Un coche con la música alta en un semáforo, una moto que da gas sin necesitarlo, un vecino que convierte mi tarde en su banda sonora privada, una lavadora centrifugando a las once de la noche, la tele, el extractor… la pareja de al lado hablando por el móvil, generalmente por videollamada a la hora de la cerveza en una terraza o la música con intensidad discoteca en cualquier sombrilla de playa de nuestro litoral.

Es esta sociedad del bienestar en la que se supone que convivimos, la inmersión sonora se ha normalizado como una especie de mar sucio en el que nadamos todos y en el que solo parece quedar el recurso del sálvese quien pueda. De nada parece servir que la tecnología de 2026 permita que cada cual se administre en mucho sus ruidos, teniendo en cuenta la mínima intoxicación sonora que esparce al medioambiente como si de residuos hablásemos, porque lo son.

Y hay días en los que el cuerpo simplemente no lo sostiene. El ruido no se queda fuera, entra en nuestro templo físico y psíquico dando muestras palpables: tensión en la mandíbula, contracturas musculares, irritación sostenida que se convierte en cansancio crónico e imposibilidad para dormir, el más famoso de todos. En definitiva, la molestia auditiva es algo profundo que dispara al individuo a una situación de alerta sin haberlo decidido, sacándonos de nuestro pretendido equilibrio y propiciando el caldo de cultivo del enfrentamiento o incluso de la agresión.  Porque es una colonización del espacio compartido.

Y, sin embargo, lo hemos normalizado. Por más normativa que exista al respecto en todos los municipios de este país (nos circunscribiremos a nuestro territorio) para reglar el ruido en los casos más flagrantes, actualmente es un fenómeno a estudiar con el loable objetivo de revertirlo, porque simplemente es posible y nos beneficiaría al monto social en cuanto a conseguir un ambiente más relajado en el que respetarnos y entendernos. ¿Podríamos decir que el objetivo político sobre mejorar la contaminación acústica contribuiría a una sociedad más equilibrada? Desde mi perspectiva la respuesta es rotunda: Sí, por supuesto.

No en vano, la Unión Europa en la última década ha entendido y concedido ayudas en consecuencia para aislar las viviendas españolas desde el punto de vista energético y acústico en cuanto a remodelaciones concretas en los inmuebles. Existen subvenciones para mejorar la carpintería exterior, así como los paramentos con materiales de última generación que redundan en una calidad superior en la habitabilidad. Pero eso solo sería una solución a parte del problema.

Yo me refiero a que vivimos en un entorno donde el volumen alto no se cuestiona, donde parece que todo tiene que sonar más de lo necesario. No hay una educación real sobre el silencio, ni sobre el impacto que tiene el ruido en el bienestar propio y en el ajeno. Se asume que es parte del paisaje, que hay que adaptarse. Y quien no lo hace es el que se pierde señalando a los ocasionales o reincidentes que podrían mejorar su vertido acústico sin apenas esfuerzo.

Porque no todo el mundo lo vive igual. Y aquí aparece algo que me interesa observar sin simplificar: quién ocupa el espacio sonoro y quién se adapta a él. A muchas mujeres se nos ha educado —de forma más o menos explícita— en no molestar, en no hacer ruido, en no incomodar, en bajar el volumen, también en el sentido literal.

Mientras tanto, sigue siendo bastante común ver cómo otros invaden ese espacio sin importarle lo más mínimo el conciudadano. Subir la música en un coche, en una casa, en un entorno compartido, en un espacio de ocio como si el efecto fuera neutro representa el quid de la cuestión.

No se trata de señalar ni de entrar en una guerra de costumbres. Se trata de reconocer que el ruido también es una forma de presencia. Una forma de imponer un ritmo, un estado de ánimo, una energía que no es inocua.

Y es que, en mi caso, cada vez lo tengo más claro: necesito bajar el volumen. Y no como gesto radical ni como norma para otros, sino como una forma de cuidado. Elegir espacios más silenciosos y demandarlos sin desgaste o señalamiento sería el objetivo. Darle al cuerpo la posibilidad de no estar reaccionando constantemente. Porque cuando el ruido baja, pasan cosas. Eso lo sabemos todas las que trabajamos desde hace un tiempo considerable en técnicas de paz mental y bienestar como son el yoga o la meditación, las cuales persiguen esa especie de estanque dorado al atardecer en el que mojarse los pies y sonreír. Entonces es cuando la respiración cambia, el pensamiento se aquieta, el cuerpo deja de defenderse apareciendo algo esencial: una cierta calma.No se trata de eliminar el ruido —eso sería imposible—, sino de empezar a mirarlo de otra manera. De preguntarnos qué espacio ocupa en nuestra vida y qué espacio queremos darle.

Y, sobre todo, de escuchar algo que queda por debajo de todo eso:

El propio cuerpo.

MAR DE LOS RÍOS

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